En la fragua de Mairena del Alcor donde Rafael Cruz trabajaba el hierro, su hijo mayor martilleaba y escuchaba. Por la casa pasaban Manuel Torre y Joaquín el de la Paula, amigos del padre, y aquel niño los oía cantar sin que nadie se propusiera enseñarle nada. Fueron sus maestros por accidente.
Cincuenta años después, lo que aquel niño dijera que era la manera antigua de cantar por seguiriyas sería, para los festivales, los jurados y el grueso de la afición, la manera antigua de cantar por seguiriyas. Esa es la historia de Antonio Mairena: la de un hombre que salió a buscar un cante que se estaba perdiendo y acabó decidiendo cómo era.
Un niño en la fragua, y una infancia que le faltó
Antonio Cruz García nació en Mairena del Alcor (Sevilla) el 7 de septiembre de 1909, a las doce del mediodía, en la plaza que hoy lleva su nombre. (En los papeles figura como nacido el día 5, sin que nadie —tampoco él— supiera nunca por qué. Por eso las fuentes bailan entre las dos fechas.) Era el mayor de una familia gitana llegada de Utrera buscando algo mejor. Su padre era herrero y muy aficionado; su madre, Aurora García Heredia, bailaba, sobre todo por tangos, como él recordaría de mayor.
La fragua fue su segunda casa y le quitó buena parte de la infancia: siendo el mayor, era costumbre además de necesidad. Pero lo que de verdad le dolió toda la vida fue otra cosa —no haber podido estudiar—. En sus memorias contó que fue a la escuela tres años y a ratos. Se pasó el resto de su vida corrigiéndolo: autodidacta primero y alumno aplicadísimo de clases nocturnas en cuanto pudo pagarlas.
Un crío que se arranca desde el regazo de su madre
Él mismo situaba el momento en que se decidió su destino hacia 1920. En una fiesta actuaba el bailaor Faíco. Antonio, desde el regazo de su madre, sintió el impulso de arrancarse por tangos —uno de Pastora Imperio— y lo hizo. A Faíco le entusiasmó, y la sorpresa alcanzó a sus propios padres. A partir de ahí ya no quiso hacer otra cosa.
La falta de dinero lo dejó fuera del Concurso de Cante Jondo de Granada de 1922, aquel que organizaron Falla y Lorca y que ganó El Tenazas; para su padre, además, con doce años no había edad de presentarse. En 1923 se subió por primera vez a un tablao, en Carmona, en un sitio llamado Casa del Moro. Y en 1924, en la Feria de Alcalá de Guadaíra, ganó el primer premio por seguiriya y por soleá: veinte duros que le entregó de buena gana Joaquín el de la Paula, que estaba en el jurado y lo llamaba «el Niño de Rafael». El apodo de «el de Mairena» se lo puso Manuel Torre.

Los años de dar tumbos
Empezó cantando para amigos, siguió por tabernas y ventas de carretera y llegó a llevar un bar en Carmona. La muerte de su madre en 1928 lo dejó roto; se llevó a vivir con él a dos hermanas y a su abuela materna, a la que estaba muy unido.
Ese mismo 1928 marca sus primeros pasos como investigador, a través de un pariente, Diego el de Brenes, y con el jondo de El Nitri como objeto de estudio. Aquel arranque se alimentó de sus contactos con artistas gitanos que, como él, andaban de local en local y de ópera flamenca en ópera flamenca. Pasó también por salas de prestigio —el Kursaal Internacional de Sevilla, acompañado por Javier Molina— y no cuajó en ninguna. Se pedían más fandangos que seguiriyas.
De aquellos años es una escena que lo retrata entero. En 1930, en un concurso que él mismo había organizado por encargo de una hermandad de Mairena, cantó Manuel Torre. A Antonio le tocaba salir después. Salió, y dijo: «Distinguido público: después de lo de Manuel Torre es imposible volver a cantar… Se acabó el espectáculo».
La Semana Santa que lo cambió de nombre
En la Semana Santa de 1933 le propusieron sustituir a El Gloria en la Tertulia Sevillana, que dirigían los toreros Juan Belmonte y Rafael el Gallo. Por ser Semana Santa, cantó por saetas. Las bordó. Lo sacaron a hombros, y se cuenta que hasta los costaleros del Cristo de los Gitanos pararon para escucharlo —lo que les costó una buena multa—. Aquella noche dejó de ser «el Niño de Rafael» para ser Antonio Mairena.
Poco después lo escuchó Carmen Amaya en una fiesta y lo invitó a María de la O, la película que estaba rodando. De ahí salieron más planes que truncó la Guerra Civil: Carmen se exilió a Estados Unidos y Antonio, de filiación republicana conocida, se quedó a sostener a su familia. Se reencontrarían más tarde, y a la muerte de ella, en 1963, él fue rotundo: «Ha sido el genio más grande que ha dado el baile».
Cantar lo que no quería cantar
Mientras las grandes figuras del momento —Manolo Caracol, Valderrama, la Niña de los Peines— triunfaban con un repertorio más comercial, él seguía, como escribió, «dando tumbos». Y tuvo que ceder: sus primeras cuatro grabaciones en discos de pizarra, a principios de los cuarenta, fueron por «consejo» de la casa (La Voz de su Amo), dejando fuera los cantes jondos que llevaba bajo el brazo. La experiencia lo apartó una temporada del estudio, hasta que Columbia le ofreció grabar a su manera.
Los años cincuenta fueron los del auge de los tablaos, y él fue de escenario en escenario: el Villa Rosa, el cabaret Samba. En 1949, Carmen Amaya, ya de vuelta, lo contrató para su compañía en el Teatro Fuencarral. Hacia 1950 viajó por Europa y África con la compañía de Teresa y Luisillo.
El giro llegó con Antonio el Bailarín, al que conoció por medio de Valderrama. Le acompañó diez años por todo el mundo, y eso que ya había dicho en voz alta que le incomodaba que el cante se sometiera al baile. Ir en el cartel del bailaor flamenco más famoso del planeta fue lo que lo consagró.

1962: la tercera Llave de Oro de la historia
La Llave de Oro del Cante es la distinción más alta que existe para un cantaor y se ha dado un puñado de veces en siglo y medio. Antes de él la habían tenido solo Tomás el Nitri y Manuel Vallejo. Al morir Vallejo en 1960, el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba convocó un certamen extraordinario para entregar la tercera, con un premio de cien mil pesetas. Compitieron Fosforito, El Chocolate, Juan Varea, Pericón de Cádiz y Platero de Alcalá.
Ganó Mairena. Tenía cincuenta y dos años y llevaba cuarenta cantando, y se la entregó en el Alcázar de los Reyes Cristianos, cerrando un círculo, Antonio el Bailarín: el mismo con el que había recorrido el mundo durante una década. (El año y el lugar están firmes; los días exactos del certamen no cuadran entre fuentes, que dan el 29 y 30 de mayo, el 19 y 20, y la entrega el 21.)
No fue un premio a una carrera. Fue el reconocimiento de una autoridad. Desde ese día, lo que Mairena dijera que era el cante antiguo pasó a ser, sin más discusión, el cante antiguo.
Qué es el mairenismo
Un año después, en 1963, publicó junto al poeta Ricardo Molina Mundo y formas del cante flamenco, el libro que ordenó el flamenco en una genealogía: cantes gitanos por un lado, cantes andaluces por otro, y una transmisión de casa en casa que habría conservado lo más puro lejos de los escenarios. En 1966 lo llevó al disco con La gran historia del cante gitano andaluz, una antología en la que grabó estilos que ya casi nadie cantaba.
Eso es el mairenismo: la idea de que existe un cante gitano-andaluz troncal, con unas formas fijas y una manera correcta de hacerlo. Durante dos décadas fue el criterio dominante en festivales, concursos y jurados. Su obra completa y sus grabaciones están hoy en su web oficial y en la monografía que le dedicó el Instituto Andaluz del Flamenco.
Y por qué se discute
Es también lo más discutido de su figura, y la crítica es seria. Desde los años setenta, la revisión flamencológica le reprocha haber construido una genealogía más ideológica que histórica, haber dado por documentado lo que era tradición oral y haber estrechado el flamenco justo cuando pretendía salvarlo.
Y la sospecha llega al propio premio: se ha escrito que aquel certamen de 1962 estaba decidido de antemano y que lo preparó Ricardo Molina —el mismo con el que firmaría el libro al año siguiente—, dejando fuera a figuras como la Niña de los Peines o Manolo Caracol. Conviene decirlo: es una acusación sostenida por parte de la crítica, no un hecho probado.
Pero conviene no confundir las dos cosas. Que su teoría sea discutible no le quita nada a lo otro: cuando Mairena se puso a buscar, había estilos que solo cantaban tres o cuatro personas mayores en sus casas. Hoy se cantan porque él los grabó. La teoría se discute; las grabaciones están.
BIO
Nombre y nacimiento
Antonio Cruz García, «Antonio Mairena».
Mairena del Alcor (Sevilla), 7 de septiembre de 1909. En el registro, el día 5.
El apodo se lo puso Manuel Torre; antes era «el Niño de Rafael».
Familia
Padres: Rafael Cruz Vargas, herrero y aficionado, y Aurora García Heredia, bailaora por tangos.
Era el mayor de sus hermanos. Entre ellos, los también cantaores Curro Mairena, Manuel Mairena y Juan Mairena.
Hitos
1923: primer tablao, la Casa del Moro de Carmona.
1924: primer premio en la Feria de Alcalá de Guadaíra, por seguiriya y soleá.
1933: las saetas de la Tertulia Sevillana. Pasa a llamarse Antonio Mairena.
1962: Llave de Oro del Cante, la tercera de la historia.
1963: Mundo y formas del cante flamenco, con Ricardo Molina.
1966: La gran historia del cante gitano andaluz.
Muerte
Sevilla, 5 de septiembre de 1983, de un infarto. Dos días antes de cumplir setenta y cuatro años.
Lo que queda
Siguió cantando, grabando y escribiendo hasta el final. Murió en Sevilla el 5 de septiembre de 1983, de un infarto, dos días antes de cumplir setenta y cuatro. El festival de cante que lleva su nombre se sigue celebrando cada verano en Mairena del Alcor, y su casa es hoy museo: allí están la Llave, el sombrero y el pañuelo.
Cuarenta años después, casi todo el que canta por seguiriyas o por soleá está cantando, lo sepa o no, alguna versión de lo que Antonio Mairena decidió que era la manera de cantarlo. Se puede discutir si tenía razón. Lo que ya no se puede es cantar como si él no hubiera existido.
Imagen de cabecera: monumento a Antonio Mairena, de Augusto Morilla (1990). Foto: CarlosVdeHabsburgo · CC BY-SA 4.0
