Se dice que las sevillanas son fáciles. Lo que son es cerradas, que no es lo mismo. Una soleá se puede alargar, acortar y llevar por donde quiera el que canta; una sevillana no. Tiene cuatro coplas, siempre las mismas, y dentro de cada copla los pasos van en un orden que no se negocia. Esa rigidez es una buena noticia para quien empieza —se puede memorizar— y una mala para quien improvisa: en cuanto alguien se sale, se ve desde la otra punta de la caseta.
Esta guía va de lo segundo: de la estructura. Si lo que buscas es de dónde vienen y por qué se llaman así, eso está contado aparte, en «Las sevillanas: alma, ritmo y tradición popular».
Antes de nada: la sevillana no es un palo del flamenco
Conviene decirlo porque cambia la manera de aprenderlas. El Instituto Andaluz del Flamenco no las cuenta entre los géneros «genuinamente andaluces» sino entre los «comunes a casi todo el territorio español» —jotas, fandangos y seguidillas—, y de ahí sale la frase: «De uno de estos géneros: la seguidilla, proceden las sevillanas, o más correctamente, la sevillana es una seguidilla». Al asentarse en Andalucía, esa seguidilla se fue aflamencando y tomó pasos de la escuela bolera, hasta fijarse en cuatro coplas y hacer su casa de la Feria de Sevilla, en el siglo XIX.
Pero lo que zanja la clasificación es la otra ficha del mismo organismo: «Las Sevillanas, son el arquetipo de la canción folclórica y tuvo siempre la finalidad de acompañar al baile». Folclore hecho para bailarlo, no palo. Y por eso su estructura es cerrada y no hay improvisación, que es exactamente lo contrario de lo que ocurre en los palos de verdad, como la seguiriya o la bulería. Quien se acerca a las sevillanas esperando la libertad del flamenco se pierde; quien se acerca esperando una coreografía, aprende.
El compás: tres tiempos, no doce
El compás flamenco que todo el mundo tiene en la cabeza —el de la soleá, el de la bulería— es de doce tiempos. El de las sevillanas no. Es un compás ternario, de tres por cuatro: un-dos-tres, con el peso en el primero y los otros dos flojos. Se cuenta igual que un vals.
La letra también tiene su forma. Una copla de sevillana es una seguidilla: cuatro versos —el primero y el tercero de siete sílabas, el segundo y el cuarto de cinco— más un estribillo de tres. Siete versos en total. Y esa forma se repite cuatro veces, una por copla, con melodía distinta cada vez.
La estructura: cuatro coplas y un «bien parado»
Se baila en pareja y en cuatro coplas separadas por una pausa. Al final de cada una, los dos se quedan quietos en una pose: es el «bien parado», y viene de la escuela bolera igual que muchos de los nombres de los pasos. No es un adorno: es la señal de que la copla ha terminado, y saltárselo es el primer indicio de que alguien no sabe dónde está.
Dentro de cada copla hay tres pasadas, y en cada una se repiten cuatro movimientos:
Paseíllo. El paso base, el que da nombre a todo. Los dos se desplazan describiendo un círculo, uno frente al otro, marcando el compás. Es donde se coloca el cuerpo antes de que pase nada.
Pasada. Los dos se cruzan e intercambian el sitio. Aquí está la mitad de los choques de la feria: hay que saber por qué lado te toca pasar y por cuál pasa tu pareja.
Careo. Cara a cara, a distancia corta, moviéndose en espejo. Es el momento de mirarse; el que baila mirándose los pies se lo pierde entero.
Remate. El cierre, coincidiendo música y baile, que desemboca en el bien parado.
Copla por copla: qué pasa en cada una
Las cuatro coplas cuentan una historia, y contarla ayuda a memorizarlas mucho más que numerar pasos.
La primera es la presentación: ella coquetea, él va a su encuentro, ella finge escaparse en las pasadas. Es la copla de los pasos básicos y la que hay que aprender primero, porque las tres siguientes se montan encima.
La segunda es el acercamiento. Las distancias se acortan y los cruces se hacen más cerrados.
La tercera rompe el hechizo. Hay enfado: se bailan de perfil, se zapatea más, y en la segunda pasada llegan incluso a darse la espalda. Es la copla más seca de las cuatro y la que peor sale cuando se baila con prisa.
La cuarta es la reconciliación, y es la distinta. Es la única que lleva careos de verdad, encadenados y de frente, con los dos muy cerca. Termina con un remate largo. Si alguien te dice «yo me sé las tres primeras», te está diciendo que no se sabe la que se nota.
Los brazos y las manos: la mitad del baile
Los pies se aprenden en una tarde. Los brazos, no. En las sevillanas el movimiento nace del hombro, sube por el codo y termina en la muñeca, y la mano gira sobre sí misma sin que los dedos se separen ni se abran de golpe. El truco que se usa en las academias para explicarlo es literal: coger la manzana del árbol, comerla y tirarla. Suena tonto y funciona.
La postura es lo otro. La Escuela Sevillana lo resume en tres cosas: cabeza erguida, hombros alineados y espalda recta. No rígida —eso también se ve— pero sí sostenida. Y la mirada, en la pareja.
Ellas suelen llevar los brazos más altos y más redondos; ellos, más cerrados y más cerca del cuerpo, porque en este baile el hombre acompaña. No es una regla de etiqueta: es que si los dos hacen lo mismo al mismo tiempo, la pasada no cabe.
Los pies: ni zapateado ni saltos
Aquí se equivoca casi todo el mundo. Las sevillanas no son un zapateado. El pie derecho va delante, el izquierdo lo sigue por detrás, se cambia, y entre paso y paso se marca el suelo con un punta-tacón corto. Nada más. En las sevillanas de feria, meter una escobilla porque uno se sabe zapatear es la manera más rápida de sacar a la pareja del compás.
Del calzado, poco misterio: zapato cerrado y con algo de tacón, y hecho para bailar. Una alpargata resbala y un tacón fino se clava en el albero.
El traje: lo que ayuda y lo que estorba
El traje de flamenca no es un disfraz, es ropa de trabajo mal disimulada. Los volantes están donde están para que el giro se vea; el mantón, para que los brazos dibujen; la flor, para señalar dónde está la cabeza cuando hay treinta personas bailando en cuatro metros. Todo eso ayuda. Lo que estorba es lo que se pone encima sin pensar: un mantón demasiado largo se engancha en la pasada, unos pendientes muy grandes pesan en los giros y un bolso cruzado tapa justo la línea del cuerpo que hay que ver.
Ellos van de traje corto o, más habitualmente hoy, de camisa y pantalón. Lo importante es que la chaqueta permita subir los brazos: si tira de hombro, no hay careo que salga.
Y si no tienes pareja
Se bailan igual. Las sevillanas se hacen en pareja, sí, pero también en corro —tres, cuatro, ocho personas moviéndose en círculo y cruzándose por turnos— y también solo, que es como se ensayan. De hecho, el orden de aprendizaje que funciona es ese: primero la primera copla sola, delante de un espejo y sin música; luego con música; y solo entonces con alguien enfrente. Aprender las pasadas directamente con pareja es aprender dos cosas a la vez y no aprender ninguna.

No todas las sevillanas son iguales
La estructura es la misma, pero el aire cambia mucho según el tipo, y con él la manera de bailarlas:
Rocieras. Las del camino del Rocío, con tambor y flauta y un aire de romería. Son las más lentas y las que más se cantan a coro.
Corraleras. De Lebrija y Utrera, nacidas en los corrales de vecinos. Ásperas, cantadas en grupo y con palmas, mucho más cerca del flamenco que las demás.
Bíblicas. Con letra de tema religioso, propias de ciertos pueblos y de la Semana Santa.
Marineras. De la costa, con letras de puerto y de pesca.
Boleras. Las más antiguas y las más «de escuela», con pasos de la escuela bolera todavía a la vista.
Cinco errores que delatan al principiante
1. Salir a destiempo. No se entra en la primera nota: la guitarra hace una introducción, y el baile arranca cuando entra el cante. Es el error más común y el más fácil de arreglar: se escucha la entrada tres veces sin moverse, contando un-dos-tres, y a la cuarta ya sale sola. Vale más eso que otra hora de pasos.
2. Mirarse los pies. Es lo primero que se ve y lo que rompe el careo.
3. Cruzarse por donde no toca. Cada uno tiene su carril en cada pasada. Si los dos van por el mismo, no hay baile, hay choque.
4. Saltarse el bien parado. La copla no termina cuando se acaba la música: termina en la pose.
5. Zapatear de más. Ya está dicho, y es el que más se repite.
Dónde se bailan
La cita mayor es la Feria de Sevilla, en abril o en mayo según caiga la Semana Santa: seis días de más de mil casetas en las que las sevillanas suenan sin parar desde el mediodía. Pero no es la única. La Feria del Corpus de Granada, en junio, tiene la ventaja de que sus casetas son de entrada libre. La Feria de Málaga, en agosto, se parte en dos —la del centro por el día y la del real por la noche—. Y la romería del Rocío, en Pentecostés, es donde de verdad se oyen las rocieras, en el camino y no en una caseta. Están todas, con sus fechas, en el calendario de ferias de Andalucía.

Míralas bien bailadas y bien cantadas
Lo que no se aprende leyendo es el aire. Estas cinco piezas del catálogo de ALL FLAMENCO son sevillanas de las de verdad, de las que no se bailan para una cámara:
Y si quieres ver de dónde salen los brazos que se copian en todas las academias de Sevilla, ahí está «Acariciando el aire», la hora que ALL FLAMENCO le dedicó a Matilde Coral. Se pueden aprender los pasos en una tarde. Los brazos son otra cosa.
Imagen de cabecera: baile por sevillanas en la Feria de Sevilla. Foto: Anual · CC BY-SA 4.0





